67 años después: Cuba es la dignidad del mundo

0

FRAGMENTOS DEL PROLOGO AL LIBRO LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ (2005)* 

(Por Stella Calloni)

Para analizar lo que significó la acción revolucionaria del 26 de julio de 1953, es necesario trazar una breve introducción sobre los momentos anteriores en Cuba.

El 10 de marzo de 1952 Fulgencio Batista dio un golpe militar apoyado por Estados Unidos, lo que sumió al país en un retraso enorme y una profunda postración. La crisis política devino en la feroz dictadura de Batista. Aunque el pueblo cubano había tomado conciencia de lo que estaba sucediendo, como víctima que era del terror de esos tiempos, no había una fuerza política con capacidad para enfrentar y derrocar a la dictadura.

A poco tiempo de la llegada de Batista, Fidel Castro, un joven abogado, recibido en 1950 y que se ocupaba de defender a los pobres, ya denunció en carta pública (1952) la ilegalidad del golpe y llamó al pueblo a luchar.

El alegato del joven Fidel Castro era un insólito desafío para la dictadura. Ya estaba al frente de un grupo de jóvenes, con fuerte inserción en el movimiento estudiantil y en sectores sociales y ante la gravedad de la situación política, se comenzó a preparar como un primer paso, el ataque al cuartel «Moncada» en Santiago de Cuba y el del cuartel «Carlos Manuel de Céspedes» en Bayamo.

Esto se produjo el 26 de julio de 1953, cuando al amanecer más de 150 jóvenes atacaron esos Cuarteles. En esos momentos, el cuartel Moncada —llamado así como homenaje a Guillermo Moncada, mayor general del Ejército Libertador— era el más importante fuera del área metropolitana de La Habana.

Fidel Castro Ruz, encabezaba a los jóvenes combatientes y aunque la acción del Moncada no triunfó, fue una victoria política tan importante, que en esas horas comenzó el proceso revolucionario que cambiaría la historia en Cuba y en América Latina.

Batista respondió al Moncada con la terrible represión del movimiento: 52 revolucionarios murieron asesinados y 18 fueron detenidos y enviados a prisión, entre ellos Fidel, Raúl Castro y Juan Almeida, comandantes luego de la Revolución triunfante seis años después, entre otros compañeros de extraordinaria trayectoria.

El histórico juicio

En el libro El Juicio del Moncada, la escritora cubana, excelente cronista, Marta Rojas, relata todo lo sucedido desde el mismo momento en que el grupo de jóvenes revolucionarios intentó tomar el cuartel Moncada.

“De ninguna manera podía imaginarme en ese instante, que había comenzado a ser testigo excepcional de uno de los más grandes acontecimientos de la historia de Cuba y de América: el asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro y otros compañeros”, escribió Marta Rojas. ¿Cómo fue aquel lugar donde juzgaron a Fidel Castro y sus compañeros? Recurrimos al testimonio de esos momentos. El 21 de septiembre habían comenzado el gran juicio contra el grupo de sobrevivientes del Moncada. El 16 de octubre debía ser juzgado Fidel Castro, cuando ya se habían leído las condenas a Raúl Castro Ruz, Juan Almeida, Haydée Santamaría, Melba Hernández y a otros compañeros.

Escribe Marta Rojas: “El 16 de octubre hacía un calor sofocante en Santiago de Cuba y más aún en la pequeña salita de las enfermeras atestada de muebles; en una habitación cuadrada de unos cuatro metros de largo por cuatro de ancho (…). Ahí se sentarían los magistrados.

“Frente a ese rústico estrado del Tribunal, a la izquierda de la entrada de la habitación fue colocado otro buró de madera color caoba y detrás de él cuatro sillas para los abogados, Baudilio Castellanos y Marcial Rodríguez, el acusado Poll Cabrera y la hija del magistrado Mejías (…). A continuación colocaron una mesita y una silla que ocupó Fidel. Cerca de esa mesita estaba la cama Fowler, para el acusado Abelardo Crespo Arias convaleciente de una herida en el pulmón. En seis sillas de tijera nos sentamos los periodistas. Los escasos espacios vacíos los llenaron los escoltas. Nunca estuvo tan apretada la justicia como aquella mañana de octubre”.

“Fidel llegó entre sus custodios —el teniente Vicente Camps y capitán Pedro Rodríguez Medrano— a las 9 en punto de la mañana, vestía un traje de lana azul marino, camisa blanca y corbata negra. Estaba bañado en sudor y llevaba las manos esposadas.

Cuando finalmente se inicia el juicio se le pregunta a Fidel si él fue parte de la insurrección armada contra el gobierno a lo que respondió afirmativamente y en el marco de las preguntas que se le hacen, toma la palabra para denunciar el asesinato de otros dos compañeros, acusar a un sargento batistiano y a otros miembros del ejército por los asesinatos del 26 de julio de 1953.

(…)

Castro había escrito su alegato cuando estaba incomunicado, en condiciones muy difíciles, donde ni siquiera podía hablar con su abogado. Preparó su defensa y su discurso en la Prisión Provincial de Oriente, a donde lo llevaron el 1 de agosto de 1953.

A partir del 25 de septiembre fue incomunicado, pero se las arregló para mantener contacto con los compañeros con ayuda de presos comunes incluso y abogados. Su alegato estaba preparado con rigurosa minuciosidad y lo memorizó. Así pudo dejar a un lado su manuscrito y solo se reservó las citas sobre hechos históricos de Cuba cuando fue llevado ante el tribunal.

Condenado a 15 años de prisión, se lo envió a una cárcel en Isla de Pinos, con amigos primero, y confinado solitariamente después. Allí reconstruyó su discurso tal como estaba en su memoria y en forma clandestina logró enviarlo en fragmentos fuera de la cárcel en cartas a Melba Hernández, Haydée Santamaría y Lidia Castro. Con la ayuda del padre de Melba, podían mecanografiar las cartas y así reconstruir el discurso, que contenía no solo su defensa extraordinaria sino las bases doctrinarias de la Revolución y una denuncia inapelable sobre los horrores de la dictadura de Batista.

Él sabía entonces que el documento tenía un enorme valor político y así lo expresaba en sus cartas. El 18 de junio de 1954, les pedía en una carta a Melba y Haydée imprimir una cantidad de ejemplares de La Historia me Absolverá.

«Ahí está contenido el programa y la ideología nuestra, sin lo cual no es posible pensar en nada grande; además la denuncia completa de los crímenes, que aún no se han divulgado suficientemente y es el primer deber que tenemos para los que murieron. Expresa también el papel que desempeñaron ustedes dos y que debe saberse para que ello facilite el trabajo que tienen que realizar. Darle ahora preferencia a los gastos del discurso, para lo cual estoy seguro que muchos les ayudarán, porque es el documento más terrible que pueda publicarse contra el gobierno.» Aconsejaba las medidas de precaución para que no se conociera el lugar donde estaban los impresos y así impedir que nadie fuera detenido por esa causa e instaba a actuar “con el mismo cuidado y discreción que si se tratase de armas.»

En realidad allí estaba el Programa revolucionario. De ahí su insistencia y ya en octubre del 53 cuando había sido condenado el folleto se estaba distribuyendo y circulaba en manos de miles de jóvenes, intelectuales y trabajadores.

Para entender lo que esto significaba es importante también establecer en el contexto en que comenzaba esta lucha revolucionaria en la Isla de Cuba, cuando este país, Haití y República Dominicana eran Estados formalmente independientes, pero en realidad sujetos a la dependencia colonial de Estados Unidos, prácticamente desde que este país ascendió a su etapa imperialista. Ocupación militar, inversiones, todo estaba allí.

¿Cuántas veces se cita el contexto subregional en que nació la Revolución Cubana? Los personeros del poder imperial en el mundo, ¿imaginaron acaso que aquellos jóvenes del Moncada, decididos a lograr la liberación de su patria, estaban abriendo el camino hacia la revolución de 1959?

En Centroamérica, bajo dictaduras diversas, estaban soterradas, pero vivas, las banderas de Augusto César Sandino, de Farabundo Martí, de Morazán. Habían pasado cinco años desde el asesinato en Colombia de Jorge Eliécer Gaitán (9 de abril de 1948) y del “bogotazo” la rebelión popular contra ese crimen de la CIA. Rebelión ahogada en la sangre de casi 300 mil colombianos. En 1954 se había invadido Guatemala, para derrocar al gobierno popular de Jacobo Arbenz Guzmán, y allí comenzaría la larga noche de las dictaduras militares que produjeron en ese país las primeras desapariciones forzadas masivas, dejando como consecuencia, más de 90 mil desaparecidos y más de cien mil muertos, como se estableció en los años 90.

El 4 de febrero de 1955, Batista tomó posesión del gobierno de Cuba para dar continuidad a su régimen dictatorial después de ser “elegido” presidente, porque sus adversarios políticos se negaron a participar en ese circo electoral. El 13 de mayo de ese mismo año firma la amnistía ante la enorme presión popular, que fue sancionada por el Congreso.

En 1955 Fidel va a México y allí precisamente se encontraría con Ernesto “Che” Guevara, que había vivido la tragedia de la invasión de Estados Unidos a Guatemala, un año antes. Destinos mágicos estos encuentros. Pero la Revolución había nacido en aquel alegato de extraordinaria vigencia del joven abogado que desafió a la justicia del gran poder con esa pieza magistral que fue La Historia me absolverá. El comandante Fidel Castro entró en realidad en la historia ese día y para siempre.

Ese alegato además significaba la continuidad histórica de los revolucionarios que habían luchado por la liberación de Cuba. Era el ideario de José Martí. El Manifiesto de Montecristi, firmado el 25 de mayo de 1895 por Martí y Máximo Gómez, fue la llama revolucionaria imaginativa y deslumbrante que levantó a Fidel y sus compañeros de lucha y que alentó la sacrificada resistencia del pueblo cubano.

En 1955 se publicaron en el exterior versiones del discurso de Fidel. Pero en 1975 la revolucionaria Celia Sánchez decidió que se rescatara la versión original de 1954 y la de 1955 para mantener la fidelidad al texto primero. Y fue publicado por la Editorial de Ciencias Sociales. Hubo ediciones importantes con notas y análisis donde se remarcaba que el discurso de La Historia me absolverá había cumplido largamente con la estrategia de propaganda revolucionaria y además como la mayor denuncia contra la dictadura, sus orígenes, sus causas y consecuencias, la criminalidad del régimen batistiano. Pero también el alegato fundamentaba la resistencia y la lucha de liberación. En ese discurso estaba escrita la tragedia de la sociedad cubana —que era a la postre la tragedia latinoamericana— y el programa de acción revolucionario para revertir esa situación.

Falta muy poco tiempo para que se conmemoren los 50 años del comienzo de esa Revolución, una historia de heroísmo y de enormes valores para la humanidad, un hecho luminoso para nuestra América y el mundo. Esa fecha coincidirá con el momento en que recrudecerá la agresión del imperio contra Cuba, una Isla pequeña pero enorme en dignidad, situada a solo 90 millas de la nación más poderosa de la tierra y cuyos gobiernos determinaron que la Revolución y el pueblo cubano son los “enemigos” a destruir.

En el año 2004 el presidente cubano, cuyos discursos son un seguimiento permanente de la situación interna en su país y en el mundo, envió una carta a la 11ª Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

La UNCTAD, fue fundada hace más de 40 años, nació —como escribió Fidel— como una “noble tentativa del mundo subdesarrollado por crear en el seno de Naciones Unidas, a través de un comercio racional e justo, un instrumento que sirviera a sus aspiraciones de progreso y desarrollo.”

Castro dio entonces las cifras de la tragedia universal recordando que en los países pobres vivía el 85 por ciento de la población mundial, pero su participación en el comercio internacional era apenas el 25 por ciento. La deuda externa de esos países en 1964 —año en que nació la UNCTAD— giraba en torno a los 50 billones de dólares y en el 2004 alcanzaba a 2, 6 trillones de dólares. Y dijo más: que entre 1982 y el año 2003 (21 años) el mundo pobre pagó 5,4 trillones de dólares por el servicio de la deuda, lo que significa que su deuda fue pagada más de dos veces a los países ricos.

Denunció que en el año 2003, el Tercer Mundo recibió como “ayuda oficial para el desarrollo” 54 billones de dólares. Pero ese mismo año los pobres pagaron a los ricos 436 billones por servicio de la deuda. Y mientras tanto el país más rico del mundo destinó apenas el 0,1 por ciento para este fin, sin cumplir las metas trazadas. En los pagos realizados por países pobres no están incluidas las enormes sumas que se arrebatan por el intercambio desigual, o por los caminos sinuosos de los llamados tratados de libre comercio impuestos a las naciones “incapacitadas de competir con la sofisticada tecnología, o el monopolio casi integral de la propiedad intelectual en esos inmensos recursos de los países ricos”.

Y en todo ese formidable discurso habló del pillaje, la explotación inmisericorde de nuestros pueblos, la especulación financiera, la invasión cultural y de los robos imposibles de enumerar, pero que significan el avasallamiento permanente y el genocidio que nos han impuesto.

Como aquella vez en los tribunales de Santiago de Cuba, Castro resumió buena parte de sus denuncias donde asume la voz de los millones de analfabetos, y de las decenas de millones condenados a morir por la injusticia mundial y que suman más que las víctimas de las dos guerras mundiales pasadas.

“Esto pasa todos los días, a toda hora, sin que ninguno de los líderes del mundo desarrollado y rico dedique una palabra a esa situación” dijo en su reflexión y su demanda.

Por eso vale en estos tiempos de retornos coloniales, de salvajismo imperial, en que solo la dignidad nos puede salvar del abismo y el genocidio, releer La Historia me absolverá y los textos acumulados a través de los años donde Fidel recoge y reaviva la llama de la dignidad humana, y sus actuales “Reflexiones” con que continúa desde su lugar de recuperación enseñando a enseñar, desmenuzando los momentos políticos actuales, las características del imperio, las nuevas ideas que marcan el debate. Habla al mundo a través de esas “Reflexiones” con una sinceridad sobrecogedora, como un anuncio de los nuevos tiempos y una demostración inequívoca de la sobrevivencia de la dialéctica.

Hemos aprendido que un pueblo solo puede resistir como lo ha hecho el cubano si hay una dirigencia de valores tan eternos como requieren todas las circunstancias.

Y es ahí donde aparece la figura del Comandante Fidel Castro y sus palabras que surgen de nuestra propia historia, de las entrañas de América Latina, y nos acompañan todos los días en cada gesto de dignidad, de resistencia y solidaridad. Cuba nos dice que “sí se puede” y se debe poder hoy cuando se juega el futuro de América Latina, porque no es posible otro siglo perdido con un regreso colonial violento.

Volver a leer La Historia me absolverá nos muestra que la continuidad y coherencia han sido la base de la resistencia en Cuba. Que una Isla situada a 90 millas de su agresor, nada menos que la mayor potencia del mundo, sobreviva a todo lo actuado por ese enemigo, es un hecho único, que sobrevivirá a todos los tiempos.

Esa misma dinámica de la historia habrá borrado y sumido en los sótanos del olvido a los traidores, los pusilánimes, los mediocres, los cobardes, los sirvientes de ese poder. La Historia me absolverá es un texto de canto a la vida y la dignidad, un espejo-lago donde mirarse para ponerse de pie y andar. Gracias a Fidel por la vida que nos sopló para siempre.
 

*Fragmentos del prólogo de la escritora y periodista argentina, Stella Calloni a la edición de La Historia me absolverá, publicada por la Editorial Punto de Encuentro.

Artículo anteriorLa grandeza de una isla pequeña
Artículo siguienteEl verdadero enemigo
Stella Calloni
Stella Calloni. Poeta, escritora, periodista e investigadora social. Nació en La Paz, provincia de Entre Ríos. Actualmente es corresponsal en América del Sur del periódico "La Jornada" de México. Conocedora e interesada en la problemática social y cultural de Centro y Sudamérica, recorrió el continente desde el río Bravo hasta Ushuaia indagando en la vida de sus habitantes. Obtuvo el Premio Latinoamericano de Periodismo "José Martí". "En un estadio de la civilización volcada a los oropeles y la 'facilería', donde no pocos de los valores que hacen que el hombre sea tal parecen haber sido dejados de lado, u olvidados totalmente, y se asume la posmodernidad en la falsa creencia de que ya todo está hecho, una voz como la de nuestra poeta nos sacude desde la razón para señalarnos lo contrario: que todo queda por hacer", anotó en la contratapa de uno de sus poemarios el poeta Rubén Derlis. Ha publicado los siguientes libros de poesías: "Los subverdes", "Carta a Leroi Jones" y "Memorias de Trashumante".

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Por favor introduzca su nombre